Entró en la cafetería como cada día, miré el reloj, eran las nueve en punto. Se sentó en su mesa de siempre, abrió su libro y se dispuso a leer.
Los rayos de sol entraban por la ventana. Al sacar el libro de su bolso se le cayó una llave, me agaché a recogerla y nuestras miradas se cruzaron por un instante, su mirada me desarmaba.
Le dejé su café y volví a la barra.
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